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REPUÉBLAME OTRA VEZ

Los datos están ahí y entre lo contundentes y que como fuente de información conviene, por si acaso, tenerlos a la vista, si de sangrías poblacionales se trata, en Castilla y León somos plusmarquistas. Se estima que en 2018 perdimos del orden de 10.473 vecinos mejorando pese a todo las cifras de 2017, donde parece ser que se nos fueron 17.172 mientras que (son datos de 2018) España “en general” incrementó su población en 276.186 personas (rozando casi los 47 millones) confirmando que, migraciones aparte, lo que desviste a un santo sirve para vestir a otro.

Pero no estamos solos en este valle de lágrimas: Castilla y León limita al norte con Asturias y Galicia y al sur con Extremadura (que también perdieron población) y ya en la otra punta la estadística coloca también Ceuta en la vanguardia (dudoso mérito) de la despoblación en España. El resto de Regiones y Melilla más o menos salvaron la situación y por el contrario Madrid, Baleares, Canarias y Cataluña, experimentaron un notable incremento poblacional.

Lo peor es que las Administraciones Públicas se las ven y se las desean para darle la vuelta a esta situación a pesar del tiempo y de los recursos que se han destinado a grupos de trabajo (locales, nacionales y europeos) comisiones (con técnicos, expertos, empresarios, sindicatos y políticos) organización de jornadas, charlas ,conferencias, y demás familia. Mientras toda esta maquinaria estaba en plena efervescencia, en 2018 la Provincia de Valladolid perdió del orden de 447 habitantes que, con independencia de lo espeluznante que pueda sonar, entraría en la categoría de “no es para tanto” si lo comparamos con los entre 10 y 14 vecinos / día que en 2018 perdieron provincias como León o Zamora. De escalofrío.

Mucha teoría, poca práctica, solventes en turismo (rural y de interior), evidentes en envejecimiento poblacional, “bien, gracias” en industria agroalimentaria (sin cohetes) y alguna victoria en la batalla por el mantenimiento de escuelas rurales a pesar del anecdótico número de alumnos… pero pocas nueces. Necesitamos acciones audaces, creativas, imaginativas y sobre todo efectivas.

Y como “el fututo no es lo que era” según la previsión del INE sobre los vaivenes a los que se puede ver sometida la población española hacia 2050 (que suena a “infinito” pero ya será menos) las conclusiones son de “atropéllame camión”: seguirán ganando habitantes Madrid, la Costa Mediterránea, Baleares, Canarias, Andalucía y País Vasco mientras que en el resto del territorio (interior y noroeste) irá a la baja. Las ciudades malaguantarán (con previsiones desiguales) mientras que el medio rural (con alguna excepción) está condenado a desaparecer.

En los flujos migratorios “de interior” gana enteros la que se supone que es la “generación joven mejor formada de la historia”, se destacan al alza los destinos con presunta “calidad de vida”-compendio de circunstancias que pasan por el trabajo, por un nivel adecuado de servicios públicos, por un clima agradable (a poder ser con mar de serie)- en una apuesta por dar cobertura a la necesidad humana de hacer que se cumplan las expectativas de mejora que se persiguen cuando cualquiera aborda un cambio de vida dirigido, si no a conquistar la independencia, como mínimo a apostar por la estabilidad económica y profesional.

Dice un informe del investigador vallisoletano Miguel González Leonardo para el Centro de Estudios Demográficos de la Universidad Autónoma de Barcelona que Castilla y León se ha convertido en la principal región “expulsadora” de personas cualificadas de España. Cada año unos 2.175 jóvenes castellanos y leoneses “huyen” a otra Comunidad (más del doble que la media nacional) que, en principio no tendría más razón de ser que, el desajuste entre el nivel educativo de la población y el mercado laboral autonómico que a la hora de la verdad demanda muy pocos empleos cualificados, incluso aunque nuestra juventud se forme aquí.

Enfrentándonos a la realidad circundante podemos llegar a la conclusión de que el problema de base no es tanto la sobrecualificación de la población como la muerte de un mercado laboral y por lo tanto de un modelo productivo, que aquí se materializa en que Castilla y León corre con los gastos de una educación superior que cuando llega el momento de la “fase de retorno” parte a enriquecer otras geografías.

Se supone que la tradicional despoblación rural “del campo a la ciudad” (cuyo efecto inmediato es “La España Vaciada”) y la fuga de cerebros (la huida de jóvenes a la caza del futuro) son situaciones sociológicamente diferentes aunque en ambos casos, técnicamente, formen parte del fenómeno migratorio. Por un lado están los habitantes de las zonas rurales que emigran a las ciudades (que viene de antiguo aunque se haya agudizado) pero lo que ahora se puede constatar (la despoblación urbana) es el vaciado de las capitales de provincia, en lo que podemos llamar por resumirlo, “destino Madrid”.

Se supone que Castilla y León sufre pérdidas migratorias anuales por movilidad interregional y hacia el exterior del -13,4‰ entre los jóvenes de las capitales de provincia, -9,25‰ en los restantes municipios urbanos y -9,63‰ en el medio rural y es que, inevitablemente, una vez que el primer desplazamiento (y eso contando con que la educación primaria y secundaria puedan realizarse en el mismo municipio) se produce a edades muy tempranas rumbo a las capitales de provincia bien para estudiar o para trabajar, en una etapa posterior se aprecia un movimiento migratorio hacia ámbitos urbanos de mayor entidad. Por otro lado, en Castilla y León es difícil encontrar empleos cualificados fuera de la administración, de la automoción o de la industria agroalimentaria aunque parece ser que, incluso en esos sectores “privilegiados” las condiciones y oportunidades tampoco resultan excesivas.

Aunque la Junta de Castilla y León aprobó este año un plan para conceder ayudas a emigrantes establecidos en otras Comunidades Autónomas, las ayudas no han empezado a llegar. El programa «Pasaporte de Vuelta» fue aprobado en marzo por la Consejería de Economía y Hacienda ofreciendo ayudas de hasta 20.000 euros para empresas que realicen contratos indefinidos y de 4.500 euros para aquellos castellanos y leoneses que quieran volver a la comunidad si bien el problema de fondo es que la gestión del retorno si no va complementada por una efectiva capacidad de retención puede suponer que cuando se acaben los subsidios la situación regrese al punto de partida.

A pesar de este “panorama desde el puente” aún es pronto para rendirse y los datos y perspectivas nos tienen que servir de estímulo. Aunque podamos presuponer que el objetivo de nuestros políticos no es sino garantizar la viabilidad de Castilla y León a nosotros, como pueblo, no nos queda otra alternativa más que la de exigir resultados a nuestros dirigentes aprovechando que su vocación de “servicio público” les tiene que llevar directamente (es un decir) a nuestros brazos.

Decía Julio Llamazares abordando la despoblación rural en “La lluvia amarilla” que “sombras espesas avanzarán como olas por las montañas y el sol, turbio y deshecho, lleno de sangre, se arrastrará ante ellas”. Defendamos lo nuestro a la vista de que en esta región casi todo es “rural” y asumamos la posición principal que ocupamos en ese maremagnum que llaman “la España Vaciada” a ver cómo y de qué manera somos capaces de revertirla.